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Más allá del sol y la playa: Cuando el clima afecta los balances

Blog institucional

"Ignorar el clima en los balances de hoy es financiar las crisis del mañana; la verdadera resiliencia bancaria nace de entender que el riesgo ambiental es, en esencia, riesgo de crédito."

El turismo se ha consolidado como uno de los sectores insignia de la República Dominicana, representando aproximadamente el 8.6% del producto interno bruto (PIB) a diciembre de 2025 y siendo una de las principales fuentes de divisas y empleo para nuestra nación. Sin embargo, más allá de su evidente éxito macroeconómico, para el sistema financiero dominicano el turismo constituye una exposición estructural de gran relevancia, con una cartera de créditos que asciende a los USD 1,860 millones, equivalentes al 9.2% de la cartera comercial privada al mes de diciembre de 2025. Esta estrecha vinculación entre la banca y la industria hotelera implica que cualquier factor que altere la viabilidad del sector tiene el potencial de repercutir directamente en la estabilidad de nuestras entidades de intermediación financiera.

Históricamente, el análisis de riesgo bancario se ha fundamentado en indicadores financieros tradicionales; no obstante, la realidad actual obliga a integrar variables que anteriormente se consideraban externas. En un país donde la infraestructura turística se concentra mayoritariamente en zonas costeras y depende de la estabilidad de los ecosistemas, los factores ambientales y sociales han dejado de ser temas “periféricos” para convertirse en riesgos financieros emergentes con un impacto directo en el perfil de riesgo de las carteras de las entidades.

Esta transformación del clima en un factor de riesgo financiero se manifiesta principalmente a través de dos vertientes: los riesgos físicos y los de transición. Los riesgos físicos, derivados de eventos climáticos extremos como huracanes e inundaciones o de cambios graduales como el aumento del nivel del mar, tienen la capacidad de provocar daños severos en la infraestructura y suspensiones prolongadas de la operación hotelera. Por otro lado, los riesgos de transición surgen del proceso de ajuste hacia una economía más sostenible, lo que incluye cambios regulatorios, incrementos en los costos de recursos críticos como el agua y la energía, y una evolución en las preferencias de los turistas que hoy demandan prácticas más responsables con el entorno.

La materialización de estos riesgos no es abstracta, sino que se transmite al balance de los bancos a través de canales muy claros que afectan la calidad del crédito. En primer lugar, la capacidad de generación de flujos de efectivo de los deudores se ve comprometida ante interrupciones operativas o aumentos inesperados en los costos de adaptación climática. En segundo lugar, la probabilidad de incumplimiento se eleva cuando eventos extremos afectan la continuidad del negocio de manera recurrente. Finalmente, existe un impacto significativo en la severidad de las pérdidas en caso de impago, ya que el deterioro de los activos inmobiliarios en zonas vulnerables reduce el valor de las garantías que respaldan los préstamos.

Concentración geográfica y riesgo social

Un desafío técnico adicional para la supervisión es la alta concentración geográfica del riesgo en el sector turístico. Debido a que los proyectos suelen agruparse en polos específicos expuestos a los mismos fenómenos naturales, existe una correlación elevada en los eventos de incumplimiento, lo que limita la efectividad de la diversificación tradicional de las carteras bancarias. A esto se suman los riesgos sociales, donde la relación con las comunidades y la estabilidad del entorno operativo son fundamentales; un conflicto social o una percepción reputacional negativa del destino pueden ser tan disruptivos para la demanda turística y la capacidad de repago de los créditos como un fenómeno atmosférico.

A pesar de este panorama de riesgos, el sistema financiero dominicano muestra indicadores de resiliencia importantes. Al cierre de 2025, el sector turismo mantiene una de las morosidades más bajas del sistema, situada en apenas un 0.87%, mientras que la proporción de la cartera clasificada en las categorías de menor riesgo (A y B) ha mostrado una mejora sustancial hasta alcanzar el 56.5%. Además, el respaldo de las garantías sigue siendo robusto, con un ratio de cobertura de 3.77 veces el saldo adeudado, lo que ofrece un mitigante crítico ante escenarios de estrés. Sin embargo, estas cifras representan la fotografía estática de un momento de éxito; un retrato que, aunque sólido, no revela las tensiones que se gestan fuera del encuadre. La gestión prudencial moderna exige ver más allá de la foto actual y enfocarnos en el “video del futuro”, donde la evolución de las variables climáticas y sociales determinará si esa resiliencia es una condición permanente o simplemente un respiro antes de la marea.

La naturaleza prospectiva de la supervisión basada en riesgos exige anticipar vulnerabilidades antes de que se reflejen en deterioros de cartera. La omisión de factores ambientales y sociales en el análisis crediticio puede derivar en una subestimación del riesgo, especialmente en financiamientos de largo plazo donde los efectos del cambio climático son más probables. Por tanto, la disponibilidad de datos de calidad, desagregados por localización y actividad económica, resulta esencial para que tanto las entidades financieras como el supervisor puedan tomar decisiones informadas y fortalecer la cultura de gestión consciente de estos riesgos.

Integrar la sostenibilidad en la gestión del riesgo financiero no es solo una respuesta a las tendencias globales, sino una necesidad prudencial para una economía con la estructura de la República Dominicana. Velar por que el financiamiento al sector turismo sea resiliente frente a los desafíos climáticos es proteger no solo una actividad económica estratégica, sino la solvencia del sistema bancario y, en última instancia, el bienestar de los depositantes y la estabilidad macroeconómica de la nación.

Reflexión final

El riesgo climático no es una amenaza futura ni abstracta: es una variable que ya está incidiendo en la calidad de los activos bancarios, en el valor de las garantías y en la sostenibilidad de los flujos de caja de los deudores. La particularidad del sistema financiero dominicano, fuertemente vinculado a un sector turístico expuesto a eventos físicos y a una rápida evolución de las preferencias del mercado, hace que esta realidad sea especialmente relevante para la supervisión prudencial.

La Superintendencia de Bancos ha dado pasos concretos en esa dirección al incorporar el riesgo ambiental y social dentro de su enfoque de supervisión basada en riesgos. Mantener y profundizar ese camino requiere que las entidades financieras adopten marcos de gestión que vayan más allá del cumplimiento formal, y que el supervisor cuente con información suficientemente granular para evaluar vulnerabilidades antes de que estas se materialicen en deterioros de cartera.

Los buenos indicadores actuales del sector son un punto de partida fuerte, no un argumento para la complacencia. La verdadera prueba de resiliencia no es cómo se comportan las carteras en tiempos de calma, sino cómo responden cuando el clima —en todos sus sentidos— cambia.